sábado, 6 de agosto de 2011

Hiroshima (relato de un testigo)



Carta de Hiroshima
por Tamiki Hara (1905-1951)

El 6 de Agosto de 1945 me levanté hacia las 8 de la mañana. La noche anterior había habido dos señales de alarma pero no se produjo ningún bombardeo...

De pronto recibí un golpe en la cabeza y todo se obscureció ante mis ojos. Lancé un grito y levanté los brazos. En medio de las tinieblas lo único que escuchaba era un silbido como el de una tempestad. No lograba comprender lo que pasaba. Mi propio grito lo oí como si hubiera sido proferido por otra persona.
Luego, todo lo que me rodeaba comenzó a ser nuevamente visible, aunque algo confuso, y tuve la impresión de encontrarme en un sitio dónde se hubiera producido un espantoso cataclismo. Tras las espesas nubes de polvo apareció el primer trozo de cielo azul, seguido inmediatamente de otros, cada vez más numerosos.
Pequeñas llamas comenzaron a salir del edificio contiguo, que era un depósito de productos farmacéuticos. Había que escapar de allí. Así que , en compañía de K, me abrí camino entre los escombros.
El humo se elevaba de todas las casas en ruinas formando torbellinos. Llegamos a un lugar donde las llamas despedían un calor insoportable. Luego desemboscamos en otra calle que nos condujo hasta el puente de Sakae.
El número de refugiados que acudía hacia este sitio aumentaba sin cesar. Tomé la dirección del palacio Izumi...

Al comienzo, cada cual creyó que sólo su casa había sido alcanzada. No era sino al salir a la calle cuando uno se daba cuenta de que todo estaba destruido....
De pronto vi en el cielo una masa de aire extraordinariamente transparente que remontaba el curso del río. Apenas tuve tiempo de gritar: "¡UNA TROMBA!", cuando ya un viento terrible nos había alcanzado.
Los arbustos y árboles comenzaron a temblar y algunos fueron lanzados por los aires, volviendo a caer como flechas en el caos sombrío...
Inmediatamente después de que hubo pasado la tromba el crepúsculo invadió el cielo. Encontré a mi hermano mayor: tenía el rostro como si estuviera recubierto de una delgada capa de pintura gris, y su camisa en girones dejaba ver en la espalda una herida ancha como una quemadura de sol.
Avanzaba con él a lo largo del estrecho muelle que bordea el río cuando encontré una multitud de personas completamente desfiguradas. Estaban dispersas a todo lo largo del río y sus sombras se proyectaban en las aguas. Tenían el rostro tan horrorosamente hinchado que era difícil distinguir a los hombres de las mujeres. Sus ojos eran apenas dos ranuras y los labios mostraban una fuerte inflamación.
Casi todos agonizaban ya y sus cuerpos enfermos estaban desnudos. Cuando pasábamos junto a esos grupos nos pedían con una voz débil : "¡DENME UN POCO DE AGUA!" "¡AUXILIO, POR FAVOR!". Casi todos nos pedían algo.
El cadáver desnudo de un hombre joven aparecía en el río, junto a la orilla. A un metro de allí, dos mujeres se hallaban en cuclillas sobre un escalón. Sus cabezas parecían haber aumentado el doble de su tamaño y tenían los rasgos horriblemente deformados. Reconocí que eran mujeres sólo por su cabellera quemada a medias...
Un soldado, en cuclillas a la orilla del río me pidió que le diera un poco de agua caliente. Apoyándose en mí hombro avanzó con gran esfuerzo sobre la arena. Súbitamente me dijo "¡MAS VALDRÍA ESTAR MUERTO!". Asentí con la cabeza y en ese instante sin intercambiar una sola palabra, los dos nos sentíamos unidos por la misma cólera incontenible ante la demencia de cuanto nos rodeaba...
Cuando subió la marea abandonamos la orilla y volvimos a subir al muelle. En la oscuridad de la noche se transformaba en un infierno. Los gritos resonaban por todas partes "AGUA, AGUA". De pronto se oyó la señal de alarma. En algún sitio debió haber quedado una sirena intacta. Su alarido desgarró las tinieblas. La ciudad seguía ardiendo: río abajo se advertía el resplandor incierto del incendio.
A la mañana siguiente, en el barrio del templo, numerosos heridos graves yacían por todas partes, tirados por el suelo. Ni un árbol ni una tienda que les diera un poco de sombra. Nos construimos un techo apoyando unas tablas delgadas contra un muro, y nos deslizamos bajo ellas. Pasamos veinticuatro horas en aquel reducido espacio compartido por seis personas.
A dos metros de distancia había un cerezo que conservaba algunas hojas. dos colegialas se habían tumbado bajo el árbol. Ambas tenían el rostro carbonizado y suplicaban que se les diera un poco de agua. Habían llegado a Hiroshima la víspera , para ayudar en la recolección, y allí las sorprendió la tragedia. El sol estaba yá en el ocaso.
Aun antes de que amaneciera oimos en torno a nosotros el murmullo ininterrumpido de las oraciones: al parecer, en aquél rincón los heridos morían uno tras otro. Las dos colegialas expiraron antes del amanecer.
Hacia el mediodía hubo una nueva señal de alarma. se oyó un zumbido en el cielo. La gente seguía muriendo y nadie venía a recoger los cuerpos. Con aire ausente los vivos erraban entre los cadáveres.
Pdían verse todos los escombros de las calles principales...
Todo cuanto fue humano había sido borrado. Los rostros de los cadáveres se parecían como si todos llevaran la misma máscara. Antes de morir los agonizantes agitaban los miembros a causa del dolor, pero lo hacían con un ritmo sumamente extraño...
Nuestro carricoche recorría interminables espacios cubiertos de escombros... No encontramos ni un sitio verde e intacto hasta que hubimos atravesado Kusatsu. La danza ligera de las libélulas que jugueteaban sobre los verdes arrozales nos conmovió profundamente.
Allí tomamos la carretera larga y monótona que conduce a la ciudad de Yawata. Cuando llegamos era de noche...
Advertimos no solamente que entre los heridos no había mejoría sino que además los sanos se debilitaban cada día hasta perecer por falta de comida.
Algunos días más tarde vi llegar a un niño, mi sobrino, que debía morir algún tiempo después. En el momento de la explosión se encontraba en la escuela. Cuando advirtió que el resplandor eceguecedor entraba en la sala de clase, se tiró bajo el pupitre. El cielo raso se desprendió y lo cubrió de escombros, pero en compañía de algunos compañeros logró escapar por un boquete. La mayoría de los niños murieron en el acto...
Hacia el atardecer crucé el puente y me dirigí a campo traviesa en dirección del montículo que se encuentra en la orilla del Yawata. Una libélula negra secaba sus alas posada sobre una roca. Me bañé en el río respirando profundamente. Volví la cabeza y ví las faldas de la montaña envueltas en la bruma del crepúsculo, mientras las cimas distantes brillaban todavía con los reflejos del sol poniente. Se habría dicho un paisaje de sueño. Sobre mi cabeza, el cielo, en un silencio absoluto.

Tuve la impresión de no haber venido al mundo sino despuès de la bomba atómica.


Tamiki Hara

(Tras sufrir las secuelas de la radiación atómica desde 1945, Tamiki Hara se suicidó en 1951)